«Si te dijera, amor mío, que temo a la madrugada.»
El amanecer tiñe de incertidumbre nuestro futuro, pero también libera de pesadillas nuestros sueños. Un día se acaba, llevándose todas las acciones hechas y por hacer, y uno nuevo se nos abre -por regla general- ya predeterminado; pero con nuestra particular forma de enfrentarnos a la vida podemos conseguir que sea un día diferente; incluso el mejor de todos ellos porque llega con una nueva oportunidad de ser creadores de sonrisas.
Sonrisas sí, pero no carcajadas. Porque hay quienes, para superar su propia mediocridad, viven tras la careta permanente de cómico y tristemente no traspasan la barrera de bufón.
Triste, quien aprovecha esas horas de calma y silencio para perpetrar insidias contra sus semejantes.
Triste, quien en las horas oscuras que precede a la aurora no busca el descanso sino más palabras de rencor y odio con las que oscurecer los más nobles sentimientos del ser humano.
Triste, quien no sabe disfrutar lo que tiene si no es alabado por los demás y busca constantemente el aplauso y el beneplácito de quienes le rodean.
Triste, quien no sabe reconocer que todos necesitamos de todos y somos necesarios para todos.
Triste, quien no acepta que todos cometemos errores y todos somos perfectamente imperfectos.
Triste, quien con falsas sonrisas engaña y contagia a los demás de su vida triste.
Triste, quien se erige en libertador de conciencias mientras la suya se va hundiendo en la negrura del vacío... triste, sí, por no decir insensato.
Triste, quien con falsas promesas rompe la inocencia de un niño.
Triste, quien confundió crueldad con locura.