domingo, 22 de agosto de 2010

Los agujeros negros del planeta IV

 República Centroafricana: La malaria

En el barracón de pediatría del hospital de Batangafo, en la República Centroafricana (RCA), se respira el horror. Qussi, 29 años, vive con la esperanza de que sus dos gemelas de un año, Pamila y Nguera, sobrevivan a la fiebre alta y las diarreas provocadas por la malaria, por la que llevan ingresadas cuatro días. Todavía recuerda cómo hace dos años murieron en ese mismo hospital y por la misma enfermedad otros dos de sus hijos, también gemelos de cinco meses, que llegaron demasiado tarde. Antes había acudido a lo que llaman “medicina tradicional” y el tratamiento del curandero retrasó varios días el ingreso en el centro médico. A 600 kilómetros al sur, en la ciudad de Boda, medio centenar de niños intentan sobrevivir a la desnutrición en otro hospital, que, como el anterior, es atendido por Médicos Sin Fronteras (MSF). La crisis de los países ricos ha reducido a mínimos la actividad en las minas de oro y diamantes, y los habitantes de la zona no tienen qué comer. Las víctimas son siempre los niños. Al norte del país, cerca de la frontera con Chad, centenares de familias montan sus chamizos en un improvisado campo de desplazados, preparados para pasar la temporada de lluvias. Han tenido que abandonar sus poblados ante la advertencia del Ejército regular de que van a “barrer” la zona en busca de rebeldes que llevan años ejerciendo su ley.

Estas son imágenes habituales en la República Centroafricana. Un país olvidado en el África profunda, rodeado por otros Estados tristemente conocidos por sus continuos conflictos: Chad, al norte; Sudán, al este; Camerún, al oeste, y Congo y la República del Congo, al sur. Con 4,3 millones de habitantes, la mitad de ellos menores de 18 años, la RCA vive marcada por la violencia contra las personas, por los continuos desplazamientos de poblados enteros huyendo de las facciones rebeldes que actúan en el país, por la ausencia de un sistema sanitario y educativo decente, por la corrupción generalizada en todos los estamentos de la sociedad, por las epidemias de malaria y tripanosomiasis, por la desnutrición… Un auténtico agujero negro que no aparece en los periódicos y cuyo personaje más conocido fue el tristemente célebre emperador Bokassa, que gobernó el país entre 1966 y 1979 y dejó un legado de corrupción y violencia que se ha consolidado en las décadas siguientes mediante golpes de Estado sucesivos que encumbraban a militares en busca de fortuna. De la época de colonización francesa solo queda el idioma, algunos edificios que se caen a pedazos y los intereses de empresas galas que exportan madera, uranio y metales preciosos.

La llegada a Bangui, capital de la RCA, es un augurio de lo que depara el país. A las dos de la madrugada, el diminuto aeropuerto se parece a una estación de autobuses abandonada. Es inútil intentar hacer cola ante el funcionario con uniforme militar de camuflaje que recoge los pasaportes, porque el centenar de viajeros se abalanzan para entregar primero el documento. Mientras tanto, las maletas se amontonan al final de una cinta que avanza al ritmo africano, cansino, y que las deja caer sobre el suelo de cemento.

El barracón de pediatría está a rebosar. Hay 61 niños ingresados. Están como desmayados en brazos de sus madres

Bangui “la Coquette”, reza un cartel a la entrada de la ciudad. Así la bautizaron los franceses. Apenas se puede leer, porque las pocas farolas que funcionan lo hacen con unas bombillas de bajísima intensidad. Los 400.000 habitantes de la ciudad duermen a esas horas, y en las calles solo se oye el ruido de los generadores de fuel que dan energía a las viviendas, porque la única central eléctrica no da servicio todo el día. Ese uno de los nuevos sonidos de las capitales de los países pobres.

A mediodía, el aeropuerto está completamente vacío. Un par de soldados atiende al grupo que quiere viajar hacia el norte. Recuperados los pasaportes, hay que andar por la pista hacia una avioneta bimotor que comparten Médicos Sin Fronteras y Cruz Roja Internacional. Los lunes y los jueves hacen viajes de ida y vuelta al norte del país, en donde diversas organizaciones internacionales intentan ayudar a luchar contra las enfermedades tropicales y las que causan los hombres con sus armas.

LUCHA CONTRA LA MALARIA

Dicen que Batangafo es una ciudad y, de hecho, allí viven cerca de 28.000 personas, más de la mitad menores de 18 años. Pero más parece un enorme descampado, sin electricidad, sin agua corriente y sin nada parecido a calles, en donde se suceden infinidad de chozas de adobe con techo de paja y cientos de niños medio desnudos que saludan con una enorme sonrisa blanca. El llamado aeropuerto es como una carretera comarcal española de pocos centenares de metros; lo suficiente para que aterrice la avioneta.

Las únicas casas que no son de adobe son el ayuntamiento, la subprefectura, las sedes de algunas ONG y, por supuesto, el hospital. Un conjunto de barracones construidos en los años treinta que se fueron echando a perder por la falta de medios de la sanidad de la RCA, cuya gestión fue asumida en 2006 por la sección española de Médicos Sin Fronteras.

El barracón de pediatría está lleno a rebosar. Y eso que todavía estamos a finales de abril y no ha llegado la temporada de lluvias, que trae centenares de casos de malaria. Hoy hay 61 niños ingresados, de entre pocos meses y tres o cuatro años. Están como desmayados en brazos de sus madres, con los ojos entornados y una leve queja que sale sin fuerzas de su boca. Los llantos suenan con sordina, como si nadie los fuera a escuchar.

Qussi Dorkas tiene 29 años. Está sentada en una de las camas con mosquiteras apiñadas en el barracón, con un pequeño bebé en sus brazos. A su lado está Justine, su hija de cuatro años, con otro bebé en brazos. Son Pamila y Nguera, dos gemelas que van a cumplir un año y que fueron atacadas, probablemente la misma noche, por mosquitos anofeles. Tienen malaria y llevan cuatro días ingresadas con una fiebre muy alta y diarreas. No pueden ni llorar; están demasiado débiles. La vía por la que reciben el goteo sobresale de sus brazos esqueléticos.

“Soy de Batangafo y mi marido me abandonó hace unos meses”, explica Qussi. “Mis niñas enfermaron hace unos días y esta vez vine directa al hospital. No quiero que me pase como hace unos años, en que murieron de malaria otros dos gemelos de cinco meses por llegar tarde. Ahora me quedan otros hijos de 11, 6, 4 y 3 años, además de mis gemelas enfermas. Justine ha venido conmigo porque yo no puedo cuidar a las dos”.

La hermana se ha hecho mayor de repente. Atiende a su hermanita como si fuera una muñeca, aunque parece aterrorizada por lo que pueda pasar. Cuando se queja, la cambia con su madre para que esta le dé el pecho y calme sus leves quejidos. “Vivimos al día”, explica Qussi, “y mis otros hijos se han quedado trabajando en el campo para sobrevivir. No sé lo que pasará mañana. Lo único que me importa es que mis hijas no mueran”.

En África mueren un millón de personas de malaria al año; la mayoría, niños que tienen menos de cinco años

Otras 60 madres ocupan sus camas o pasean entre ellas con sus bebés en brazos, algunos enchufados al pecho y con la mirada perdida, esperando que pasen las horas. Etiene Lengue, enfermero de 32 años, natural de la RCA, es el responsable de pediatría desde hace dos años. Lleva todo el día atendiendo a los bebés con malaria y está cansado. Sabe que en pocas semanas llegarán las lluvias, y con ellas, centenares de niños con malaria cada día. “El año pasado”, explica, “llegamos a tener hasta 600 niños hospitalizados a la vez. Tuvimos que montar tiendas de campaña para atenderles. Mayo, junio y julio son los peores meses, aunque hemos conseguido reducir el nivel de mortalidad por debajo del 5%. Al principio morían muchos niños, porque antes los llevaban a los curanderos. Perdían un tiempo importantísimo, llegaban medio muertos y duraban menos de cinco horas. Ahora es distinto. Las madres han aprendido que sus bebés se curan aquí con medicinas”.

Para eso, los agentes de salud de MSF tienen que recorrer Batangafo y los poblados cercanos recordando que el hospital es gratuito y que atienden a todo el que va.

El hospital es como un poblado, aunque con construcciones mejores. Las familias esperan acampadas en los jardines, sentadas sobre esteras. La sala de consultas de pediatría es la más concurrida. Varias decenas de madres con sus niños en brazos esperan a que los enfermeros les hagan elparacheck, un leve pinchazo en el dedo que permita analizar la sangre de los niños y saber, en cuestión de segundos, si tiene malaria.

Hacen entre 80 y 90 pruebas al día y más de la mitad salen positivas. Si no tienen fiebre alta ni diarreas, vuelven a su vivienda con sus pastillas de Coartem y paracetamol. Si están más graves, se quedan internados en pediatría. “Estamos atendiendo a unos 150 niños, y esto no ha hecho más que empezar”, dice Etiene, el enfermero.

La visita continúa a otro barracón con casos más graves. Hay dos niños que los médicos piensan que no sobrevivirán. Louis tiene dos años y lleva una semana ingresado. Llegó con malaria y tuberculosis, y al poco tiempo la enfermedad le afectó al riñón. No tiene cura. Aunque le llevarán a Bangui, no hay máquinas de diálisis. Lo único que pueden hacer es darle un poco de cariño. Lo mismo le sucede a Michel, otro niño de 15 años, que está en los huesos por los efectos de la diabetes. Una enfermedad poco frecuente en África, pero que no se puede tratar por falta de insulina. Los diabéticos están condenados en la RCA.

María Teresa Servera Orga, 51 años, llegó en enero a Batangafo, contratada como médico por MSF. Es de Zaragoza y todos la llaman Pitita. Aprovecha los periodos de excedencia que le brinda la medicina pública española para enrolarse con diversas ONG por todo el mundo. Estará seis meses en la RCA y, a pesar de la dureza de su trabajo, conserva el sentido del humor. Lleva 24 horas de guardia y la dureza del día se nota en sus ojos. Acaba de pasar consulta a los dos niños que probablemente vea morir antes de volver a Zaragoza, pero se consuela diciendo que ahora sobreviven cerca del 99% de los pequeños que llegan a tiempo al hospital. En África mueren un millón de personas de malaria al año; la mayoría, niños de menos de cinco años. La cifra ha caído a la mitad en lo que va de siglo XXI, aunque hay más de 300 millones de personas infectadas.

“Aquí tratamos enfermedades olvidadas contra las que no hay vacunas, pero sí tratamientos”, explica con cierto optimismo. “Las ONG hacen un trabajo extraordinario y yo estoy muy contenta de poder devolver algo de lo que tengo. Estoy aquí por una necesidad vital y no siento que haya renunciado a nada. Es como un gusanillo… como las misiones”.

La malaria
Una mujer ciega en la ciudad de Batangafo.

La malaria
El pabellón de malaria infantil del Hospital de Batangafo. Un dóctor atiende a Qussi y a sus gemelas, Pamila y Nguera.

La malaria
Un niño enfermo de malaria.

La malaria
María Teresa Servera Orga, una doctora de Zaragoza contratada por Médicos Sin Fronteras, atiende una crisis de uno de los pacientes.

La malaria
El centro de análisis de malaria del hospital de Batangafo.

La malaria
Un médico apunta los resultados de los test de malaria realizados a la población infantil.

La malaria
Una mujer de la etnia Mbarara, con su hijo.

La malaria
Michel, un joven de 15 años, sufre diabetes, una enfermedad mortal en la zona.

La malaria
Unas mujeres, en los corredores del pabellón de malaria infantil.

La malaria
El hospital ha llegado a tener ingresados hasta 600 niños.

La malaria
Al día se hacen entre 80 y 90 pruebas de malaria y más de la mitad salen positivas.

La noticia en su origen: Los agujeros negros del planeta en ELPAÍS.com

jueves, 19 de agosto de 2010

Los agujeros negros del planeta III

 Haití: El rito de "el compromiso"

Ajenos a todo y a todos, miles de haitianos celebran en Saut D’Eau, a unos 60 kilómetros al norte de Puerto Príncipe, "el compromiso". Un ritual medio católico, medio vudú que les hace entrar en trance y olvidar su miseria por unos días. Y es que, aunque esté en América, Haití es África. Comparte con ese continente las raíces, el color, las costumbres y, sobre todo, la pobreza. Siete meses después del terremoto, el país sigue hecho añicos. No solo los edificios y las carreteras, también las personas están hechas añicos. En medio de los escombros sin recoger, 1.300.000 haitianos viven bajo los plásticos de 1.384 campos de desplazados (900 de ellos en la capital), esperando el momento de volver a sus casas. Un momento que se retrasa mes a mes, mientras 5.300 millones de dólares de los principales donantes internacionales esperan a que haya un Gobierno decidido a actuar con un proyecto y sin corrupción.

Haití ya era un agujero negro antes del terremoto que mató a más de 200.000 personas y si no fuera por las cientos de ONG que trabajan allí desde el 12 de enero, la vida se hubiera acabado para los nueve millones y medio de habitantes del país caribeño. Los haitianos llevan siglos acostumbrados a caer y a levantarse, pero la tarde en que tembló la tierra de la isla marca un antes y un después para el Estado más pobre de América. Los más optimistas piensan que las ayudas internacionales pueden servir para despertar de cientos de años de miseria y reinventarse a sí mismos. Pero la realidad es que los haitianos no creen en milagros, aunque recen a Dios y a los loas (santos del vudú).

Pier Janis tiene 37 años, seis dedos en cada mano y una mirada perdida, como de bruja. Es santera y dice que habla con Dios, mientras fuma sin parar. Lleva cuatro días en Saut D’Eau atendiendo a los cientos de fieles que se le acercan para que les ponga en contacto con Dios y con los loas. Por una pequeña cantidad de dinero les ayuda a comunicarse con el más allá en una pequeña cueva llena de velas encendidas, junto a las dos cataratas de 30 metros de altura.

"Aquí encontré hace muchos años el poder de los loas", explica en una mezcla de francés y creole. "Mis padres tenían los mismos poderes y me los traspasaron. Los fieles vienen a que les ayudemos a encontrar el camino. El bien y el mal conviven juntos y hay que apartar a los espíritus del mal, para encontrar el buen camino. Yo les ayudo".

"¿Por qué sucedió el terremoto en Haití?".

La respuesta tarda unos segundos, un par de caladas del cigarrillo, en salir de su boca. "Había mucha gente haciendo el mal y no se rezaba lo suficiente". Tras la sentencia, extiende la mano en busca de unas monedas.

La fiesta continúa junto a las dos enormes cascadas y otras tres o cuatro más pequeñas. Cientos de personas se apelotonan medio desnudas en busca de su purificación. Se lavan con hojas de basilisco y unos jabones que venden a la entrada y cantan. Hay muchas más mujeres que hombres. Al ruido del agua se une un estruendo de cigarras que también quieren participar de la fiesta.

El día transcurre entre rezos, lloros y velas encendidas. En una esquina, otra santera de más edad que Pier Janis llora frente a una fiel que ha ido a consultarla. "Aleluya. Te quiero mucho, Dios", grita con estrépito, mientras pone sus manos sobre los hombros de la mujer, que mira al cielo entre enormes lagrimones. Nadie se inmuta cuando empieza a llover torrencialmente. Parece que forma parte del ritual.

Poco a poco, los fieles van abandonando las cataratas y bajan hacia el pueblo, en donde un tumulto de miles de personas continúa la fiesta. Los creyentes se mezclan con grupos de jóvenes que vienen como al carnaval. La calle principal está llena de pequeños puestos de comida en donde las mujeres cocinan arroz, frijoles, manos de cerdo, carne guisada y patacones de plátano frito. Las botellas de ron corren de boca en boca.

Un grupo de mujeres vestidas con trajes azul claro y blanco avanzan, cantando en creole. Todas llevan el mismo escapulario de la Virgen de los Milagros. Una de ellas explica que han venido del norte de la isla para rezar. Se reconoce católica, pero no hace ningún feo al vudú. "Las dos cosas son parecidas", dice mientras avanza hacia una gran ceiba en donde se arremolina un enorme gentío. Allí, en medio, Pier Janis baila vestida de amarillo el ritmo africano de los bongos y las maracas. A su alrededor, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, se mueven al mismo ritmo.

Es el momento del sacrificio. Varios hombres traen dos vacas y dos cabras para que la santera elija el animal que debe ser sacrificado al dios Erzuli. La cadencia se va acelerando y Pier Janis da vueltas cada vez más rápidas, con los ojos cerrados. Está como en trance cuando se acerca a los cuatro animales; los toca, los rodea y, finalmente, se apoya, medio desmayada, sobre la cabeza y el cuello de una de las vacas. Es la elegida.

Mientras Pier Janis sigue con sus bailes rituales junto a un corro de fieles, el matarife degüella a la vaca y un chorro de sangre salpica al grupo, provocando el éxtasis general. Los cantos y los bailes africanos se hacen entonces más frenéticos todavía y hombres y mujeres entran en trance, mientras corre el ron haitiano. La fiesta continuará hasta entrada la madrugada en esta pequeña población en donde ni se sintió el terremoto del 12 de enero, ni quieren acordarse de él.

De vuelta a Puerto Príncipe, el visitante se encuentra con un panorama desolador. De los 9,5 millones de habitantes de Haití, más de 4,5 viven en la capital. Y de estos, cerca de un millón han perdido sus hogares y se refugian en los 900 campos que se extienden por toda la ciudad. En solares, plazas, jardines, campos de golf y hasta en la mediana de una carretera de la entrada en la ciudad se encuentra uno con decenas de miles de chamizos cubiertos de plásticos azules, negros o grises donados por las organizaciones internacionales.

La celebración de “el compromiso”
Una de las cientos de personas que se apelotonan medio desnudas en busca de su purificación bajo el agua de unas cascadas. En el rito se lavan y cantan.

La celebración de “el compromiso”
Pier Janis tiene 37 años, seis dedos en cada mano y una mirada perdida, como de bruja. Por una limosna, ayuda a comunicarse con el más allá.

La celebración de “el compromiso”
Ceremonia de vudú en la que se sacrifica un toro.

La celebración de “el compromiso”
El matarife degüella al toro y un chorro de sangre salpica al grupo. La mambó, agotada, se abraza a la nueva mambó, que oficiará el próximo rito.

La noticia en su origen:
Los agujeros negros del planeta en ELPAÍS.com

lunes, 16 de agosto de 2010

Un robot que enseña a conducir la silla de ruedas

Para jóvenes con parálisis

María Sainz | Madrid - ElMundo.es 16/08/2010

'Roly' es un pequeño robot que se sitúa delante de la silla de ruedas y que va mostrando el camino. Con un joystick 'inteligente' los jóvenes discapacitados aprenden a seguirlo y van desarrollando las habilidades de conducción que van a necesitar en el día a día. El 'invento', todavía en sus primeras fases, corresponde a un grupo de expertos de la Universidad de California (Irvine, EEUU).

Como explican en 'Journal of NeuroEngineering and Rehabilitation', tras probarlo en adultos, los investigadores, dirigidos por David J. Reinkensmeyer, decidieron demostrar su utilidad en niños. Para ello, eligieron a 22 pequeños sanos a los que se les pidió moverse en silla de ruedas, con o sin el robot.

Prototipo 'Roly'. | Marchal-Crespo. 'Journal of NeuroEngineering and Rehabilitation'

 

 

 

Prototipo 'Roly'. | Marchal-Crespo. 'Journal of NeuroEngineering and Rehabilitation'






El grupo que sí contó con la ayuda de 'Roly' mostró una mayor pericia para aprender a conducir la silla
. La prueba consistió en seguir una línea trazada en el suelo e intentar 'atrapar' al robot que se desplazaba por delante. Cada vez que lo conseguían, éste se ponía a 'bailar' y sonaba una música como recompensa.

Para moverse, los participantes emplearon un joystick que primero les enseñaba el movimiento que debían hacer y que, según fueron cometiendo menos errores, les fue dando más autonomía.

El equipo de la universidad estadounidense también probó esta tecnología con una niña de ocho años que sufría parálisis cerebral. Durante esta sesión de entrenamiento, los resultados también fueron positivos: "Mejoró sus habilidades de conducción [...] en un porcentaje incluso mayor que el de los pequeños sin problemas motores".

La importancia de la tecnología táctil

En este sentido, los expertos recalcan el buen papel desempeñado por la tecnología 'háptica' (relacionada con el tacto). Es decir, que el joystick pueda dirigir la mano del paciente para que el movimiento sea el adecuado y, no menos importante, que pueda dejar de hacerlo progresivamente, según se vaya aprendiendo.

"Para reducir el coste y mejorar el acceso a los entrenamientos, hemos desarrollado un sistema de silla de ruedas controlado de manera robótica en el que los niños con discapacidad pueden desarrollar de forma segura habilidades de conducción, siguiendo su propio ritmo y con una asistencia mínima", recalcan los autores.

Y añaden que esta opción resulta esencial en las personas que más tardan en aprender. Ellas tienen menos posibilidades de poder contar con un entrenador 'de carne y hueso' durante todo el tiempo que necesiten.

Además, destacan que, frente a otros modelos, este prototipo exige que el individuo vaya desarrollando ciertas habilidades de movimiento. Este aprendizaje podría servir, en última instancia, para que no siempre haya que recurrir a los modelos más automatizados, en los que esté presente "una navegación informática y un control avanzados".

Junto con los que padecen parálisis cerebral, otros niños podrían beneficiarse de este tipo de tecnologías, como aquellos con daño medular, esclerosis múltiple o que sufren las consecuencias de un infarto cerebral. De hecho, este mismo equipo de científicos ya planea seguir probando los pros y contras de su creación con otros pacientes.

La noticia en su origen:
Un robot que enseña a conducir la silla de ruedas | Tecnología Médica | elmundo.es
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Gracias Pilar … noticias así merecen ser difundidas

domingo, 15 de agosto de 2010

Los agujeros negros del planeta III, Haití

Campamentos de 50.000 almas

El mayor campo de desplazados es Aviation Camp, situado junto al peligroso barrio de Cité Soleil, en el antiguo aeropuerto militar que montó el Ejército norteamericano en los años veinte y luego se convirtió en un parque. Allí malviven más de 50.000 habitantes. El doctor Kobel Dubique, un haitiano de 30 años, se instaló allí un día después del terremoto para atender al aluvión de familias que acudieron a ese enorme parque.

"Este es el campo más poblado de Puerto Príncipe y también el más olvidado y desprotegido", explica mientras avanza entre las tiendas abarrotadas de gente. "Aquí han venido familias de los barrios más pobres de la ciudad, como Cité Soleil, Pont Rouge o La Saline y no contamos con seguridad o ayuda humanitaria. Además, las bandas juveniles actúan a sus anchas y muchas noches hay peleas, e incluso tiroteos. Roban de todo; hasta las duchas que instaló la Cruz Roja británica y que fueron arrancadas de cuajo para vender los hierros".

En cuanto anochece, las miradas se vuelven más agresivas y los personajes, más inquietantes. Pasear con el doctor es una garantía; las bandas le respetan porque lleva meses dando consuelo a los más pobres. Al fondo se ve algo de movimiento. Son chicas prostituyéndose para sacar dinero y mantener a sus hijos. La promiscuidad en los campos es muy alta y cada vez se dan más casos de violencia sexual, mientras aumentan los infectados por VIH.

El doctor Kobel estudió medicina en Cuba y había vuelto a Haití unos meses antes del terremoto. Es muy querido por las familias de Aviation Camp, en donde pasa consulta cada mañana a cientos de mujeres y niños. "Todavía no hemos tenido ninguna epidemia", explica, "pero las condiciones sanitarias son malísimas y con la llegada de las lluvias hemos empezado a tener casos de malaria. Como no hagan algo pronto, esto puede ser un desastre".

8.000 soldados internacionales pugnan por imponer el orden. En algún barrio, como Cité Soleil, no entra la policía

"Aquí la gente está empezando a cansarse de que no se solucionen las cosas", advierte Dubique. "Pueden producirse revueltas en cualquier momento, porque los haitianos saben que hay mucho dinero esperando para unos planes de reconstrucción que no llegan nunca". El Gobierno de René Preval está muy contestado y todo el mundo está esperando a las próximas elecciones de noviembre.

Mientras tanto, el ambiente es cada vez más hostil. Los 8.000 soldados internacionales desplegados por el país consiguen imponer el orden, pero en algunos barrios, como Cité Soleil, no entra ni la policía local. En este barrio, la vida transcurre en la calle, junto a toneladas de basura que son arrastradas por el agua desde las zonas altas de la ciudad.

Los componentes de una banda observan a los visitantes con una mezcla de agresividad y asombro, aunque al final se dejan fotografiar frente a una casa derrumbada, en medio de un barrio en el que los escombros no son muy diferentes de las chabolas en donde viven las familias. Aquí habitan cerca de 400.000 personas y está considerado uno de los slums más peligrosos del mundo, por la violencia que genera la extrema pobreza. Hay más de 30 bandas armadas que imponen su ley en la calles de esta favela haitiana. El 12 de enero por la noche, muchos de los 3.000 presos que escaparon de la cárcel de Puerto Príncipe fueron a refugiarse a Cité Soleil. Cientos de ellos fueron detenidos en las semanas siguientes, pero decenas siguen viviendo en el barrio.

En medio de ese ambiente hostil, suenan los rezos de mujeres y niñas en un templo evangelista. Al entrar se puede uno relajar y dejar de otear  a un lado y a otro a ver si alguien está mirando mal. La iglesia está medio derruida, pero no entra el agua que cae fuera, porque han puesto en el techo unos enormes plásticos de USAID. El pastor invita a entrar a los visitantes y sigue con su rito cristiano, preguntando a gritos a los fieles, en creole, para que estos respondan a coro “Amén”. Allí se respira un poco de esperanza, al menos durante unos minutos.

Los haitianos parece que quieren olvidar sus penas cuanto antes, aunque sigan enterrados en sus pesares y su miseria. "El luto duró tres meses", explica el pastor, "luego han empezado a volver a la vida, poco a poco. Las calles vuelven a estar abarrotadas y todos queremos  volver a la normalidad cuanto antes”. Algo realmente difícil, porque ni los más optimistas piensan que los campamentos puedan empezar a levantarse antes de 18 meses.

Vivir en un campo de golf

Los campos de desplazados son muy diferentes unos de otros. De los más de 900 que hay en Puerto Príncipe, solo un tercio están gestionados por alguna de las cientos de ONG que trabajan en el país. El resto se organiza como puede. De entre todos, hay uno emblemático, situado en el campo de golf del barrio más rico de la ciudad, Petionville, y que alberga a cerca de 50.000 personas. Es, probablemente, el mejor organizado, aunque las primeras semanas fuera un auténtico caos por la avalancha de gente que acudió allí a refugiarse.

Ahora está gestionado por la ONG J/P Haitian Relief Organization, que lidera el actor de origen irlandés Sean Penn, y que ha conseguido captar millones de dólares en Hollywood. Allí colaboran otras organizaciones, como Oxfam, Médicos sin Fronteras o Save the Children. El responsable del campo es un británico de 45 años, Alastair Lamb, que en su día sirvió en el Ejército y luego trabajó en la City de Londres.

"Este campo es una auténtica ciudad de casi 50.000 habitantes", explica Alastair. "En las últimas semanas, previendo una nueva catástrofe con la llegada de las lluvias, hemos tenido que hacer canalizaciones, con zanjas y sacos terreros, porque nos temíamos que todas las tiendas iban a ser arrancadas por el aluvión de agua que puede llegar desde lo alto de la montaña. Tuvimos que evacuar a unas 5.000 personas a otro campo, para abrir caminos entre las tiendas. Ahora parece que podremos pasar la temporada de lluvias".

Los haitianos intentan recuperar la normalidad en este campo. En las calles que se han formado entre las chabolas con techos de plástico, se han abierto varios mercados de comida, ropa, zapatos… y hasta un locutorio de teléfono. Allí se puede encontrar carne de pollo, huevos, lechugas, fruta de todo tipo, latas, botellas, arroz, pasta, frijoles y sacos de carbón para poder cocinar en infiernillos colocados en el suelo embarrado. Ayer llovió mucho y, aunque las canalizaciones han aguantado bien, se anda pisando el barro.

Dentro de una de las chabolas, Altani, una niña de unos diez años está ardiendo de fiebre. Su madre, María Altagracia, de 36 años, dice que la vio el médico por la mañana y que a lo mejor tiene malaria. En ese chamizo, de dos por dos metros, vive la mujer con sus seis hijos y el marido, que ahora ha bajado al centro a ver si encuentra algún trabajo. "Vivíamos en el centro, alquilados en una casa que se rajó por la mitad", dice María. "Tuvimos suerte de salir todos con vida y llegamos a este campamento el 13 de enero. Desde entonces, malvivimos aquí. Al principio nos daban de comer, pero desde abril tenemos que buscarnos la vida. Mi marido consigue algunos días trabajo y trae algo de dinero para comprar comida". En un brasero doble, la madre cocina en dos pucheros arroz y frijoles.

Como María, todos los desplazados de Haití dejaron de recibir alimentos el mes de abril. El Gobierno y las organizaciones internacionales decidieron que era el momento de cerrar el reparto de comida, para evitar una dependencia excesiva e incentivar que la gente volviera a sus casas. Pero el resultado no ha sido el deseado. Las familias siguen en sus chabolas, porque el Gobierno no ha empezado a reconstruir la ciudad, que sigue llena de escombros.

La reconstrucción no es una tarea fácil, porque en Haití no hay ni catastro ni registros fiables. Por eso, el Gobierno y las organizaciones internacionales avanzan muy despacio. En el mes de junio se lanzó un plan para catalogar las casas de Puerto Príncipe, que han dividido en tres: la rojas, que han quedado totalmente colapsadas; las amarillas, que han aguantado, pero que hay que reparar; y las verdes, que están habitables.

La idea es que todos los desplazados que vivían en casas verdes vuelvan a sus hogares cuanto antes. Pero surge el problema añadido que muchos de ellos estaban alquilados y ya no pueden pagar las cuotas mensuales. Además, los propietarios han aprovechado para subir los alquileres.

Con miedo en el cuerpo

La vida en los campamentos transcurre con una mezcla de miedo y desesperanza. El haitiano está acostumbrado a salir una y otra vez de situaciones penosas, pero ahora está al límite. Los techos de plásticos no van a aguantar los chaparrones y los vientos huracanados que llegarán pronto. Ya en julio, con la llegada de una pequeña tormenta tropical, el viento hizo volar los techos de 300 viviendas improvisadas en el barrio de Corail.

En el barrio de Carrefour Feuilles se levanta el campo de Tapis Rouge, en donde la sección española de Médicos sin Fronteras (MSF) gestiona un pequeño hospital, en el que atiende a los más de 10.000 desplazados de ese campo. Las condiciones son especialmente malas, porque las tiendas están montadas sobre la ladera empinada de uno de los cerros que bordean Puerto Príncipe. Los habitantes del campo saben que corren peligro, pero no tienen otro sitio donde ir, ni fuerzas para pensar en moverse.

Dorielan tiene 34 años y perdió a siete familiares en el terremoto: un hermano, dos sobrinos y cuatro sobrinas. Vive en Tapis Rouge con su marido y tres hijos, y ya no espera nada de la vida. "Llegamos aquí el 15 de enero, después de vagar tres días por la ciudad destruida y llorar a nuestros muertos", explica entre lágrimas. "Poco a poco, nos fuimos instalando en esta tienda y mi marido, que es albañil, consigue trabajar algunos días. Nos dicen que tenemos que volver a nuestra casa, pero está destruida y no nos dejan reconstruirla, porque el dueño quiere esperar a que le hagan una nueva y alquilarla por más dinero. Aquí tenemos un techo y no nos falta la comida, aunque sabemos que en cualquier momento el agua o el viento nos puede llevar por delante".

Tampoco Selena, de 28 años, tiene posibilidad de volver a su casa, que quedó totalmente destruida el 12 de enero. Vive con su hermana, tres hijos y dos sobrinos. "Ninguna de las dos tenemos marido, nos abandonaron hace tiempo", dice Selena, "pero nos ganamos la vida como podemos. Antes vivíamos de la venta ambulante de ropa, pero cuando se cayó nuestra casa llevamos la ropa a un almacén, que fue saqueado a los pocos días. Estamos intentando volver a comprar ropa para venderla, con la ayuda de un hermano que vive en el campo".

A pocos kilómetros de ese campamento, en el barrio de Carrefour hay un hospital, montado en una antigua escuela y gestionado por la división holandesa de Médicos sin Fronteras. Cuenta con dos quirófanos y muy buen equipamiento (tiene hasta rayos x), aunque las camas están situadas en enormes tiendas de campaña, porque los enfermos prefieren estas a los edificios. Al fondo está el pabellón de rehabilitación y ortopedia, en donde todavía hay decenas de pacientes que resultaron seriamente heridos durante el terremoto.

Elisabeth Toussaint tiene 43 años, es viuda y vio cómo un edificio se le desplomaba encima mientras paseaba por la calle. "Me quedé semienterrada durante más de media hora, hasta que unos vecinos pudieron levantar algunos escombros y me sacaron a la calle", explica con lágrimas en los ojos. "Allí estuve un día y una noche enteros sin que nadie supiera adonde llevarme. Al final me trajeron aquí el 13 de enero y tuvieron que amputarme la pierna derecha". Elisabeth tiene dos hijas de 20 y 11 años. La mayor está con ella en el hospital, atendiéndola, y la menor vive con una hermana. "Antes trabajaba como jefa de limpieza de una empresa", dice, "pero cuando salga de aquí no sé ni a donde iré, ni de qué viviré".

El terremoto dejó cientos de miles de heridos, la mayoría de ellos con fracturas muy peligrosas. Los equipos de emergencias de las principales ONG tuvieron que emplearse a fondo para salvar vidas y en solo 15 días tuvieron que efectuar más de 4.000 amputaciones, generándose un gran revuelo en un país en el que los impedidos están estigmatizados. Piensan que han sido castigados por los loas.

Nahomie también pasa los días sentada en una silla de ruedas. Tiene 21 años y la sacudida tiró un muro de su casa sobre ella. Los vecinos la pudieron sacar de debajo de los escombros después de varias horas y tenía una fractura abierta en la pierna. Tuvo que permanecer cinco días en lo que quedaba de su vivienda en Leogane, donde se registró el epicentro del terremoto, un pequeño pueblo a dos horas de Puerto Príncipe, hasta que su madre consiguió un transporte hasta el hospital en donde lleva más de seis meses. La han operado tres veces y ya ha empezado con la rehabilitación, pero la pierna no le responde y piensa que no podrá volver a andar. Su familia vive en un campo de desplazados cercano, y su madre la visita todos los días. El padre es pintor, pero ahora no hay paredes que pintar. "Quiero curarme pronto y estudiar medicina", dice Nahomie sin mucho entusiasmo.

Al otro lado de la ciudad, cerca del aeropuerto, MSF ha montado otro hospital en una antigua planta embotelladora de Coca Cola en Sarthe. El olor dulzón de la cola se mezcla con los de las salas de curas. Estamos a finales de julio y el calor húmedo empieza a ser insoportable. Melissa tiene 14 años y sabe que nunca volverá a andar. Su casa se derrumbó la tarde del 12 de enero, mientras hacía los deberes con su hermano pequeño, que murió en el acto. Ella tuvo más suerte, aunque se le rompió la columna y ha quedado paralítica, a pesar de dos operaciones. Su madre les había abandonado hace varios años para irse a Miami (una de los cientos de miles de haitianos que hizo la diáspora a Estados Unidos, Canadá o República Dominicana) y su padre, que es electricista sin trabajo, no se separa de ella ni un minuto. Es lo único que le queda.

Un campo de 50.000 habitantes
La mirada desafiante de un miembro de una de las bandas armadas que imponen su ley en Cité Soleil, un barrio de Puerto Príncipe donde ni la policía local se atreve a entrar.

Un campo de 50.000 habitantes
En esta foto, el pandillero con sus compañeros de banda, una de las 30 que actúan a sus anchas en la barriada de Cité Soleil.

Un campo de 50.000 habitantes
Una mujer vende lotería en las ruinas del Campo de Marte.

Un campo de 50.000 habitantes
El doctor Kobel Dubique, de 30 años, atiende desde el día siguiente al terremoto al aluvión de familias asentadas en Aviation Camp. En la foto, junto a su madre, asiste a una enferma de malaria.

Un campo de 50.000 habitantes
Una familia de refugiados en el campamento de Cité Soleil.1.300.000 haitianos viven bajo los plásticos de 1.384 campos de desplazados.

Un campo de 50.000 habitantes
Leoni sufrió la amputación de la pierna izquierda por el terremoto. Tiene 16 años y dice que la pierna ortopédica le hace mucho daño, por lo que no se la quiere poner.

Un campo de 50.000 habitantes
Un enfermo mental que se cree Obama, en el hospital de salud mental Beudet, situado en el barrio de Croix des Bouquets.

Un campo de 50.000 habitantes
Altani, de diez años, probablemente con malaria, vive con sus padres y sus cinco hermanos en una chabola del campo de Petonville.

Un campo de 50.000 habitantes
Selena (al fondo), de 28 años, vive con su hermana, tres hijos y dos sobrinos en el campo de Tapis Rouge, donde Médicos Sin Fronteras gestiona un pequeño hospital.

Un campo de 50.000 habitantes
Donde estaba el auditorio en los Campos de Marte ahora hay un campamento para refugiados.

Un campo de 50.000 habitantes
Grupos de personas con camisetas amarillas trabajan en las tareas de desescombro. Son los equipos contratados por programas de cash for work (dinero por trabajo) de algunas ONG.

Un campo de 50.000 habitantes
Una mujer que perdió a sus cuatro hijos en la catástrofe vende libros que rescata de las ruinas.

Un campo de 50.000 habitantes
Los desplazados dejaron de recibir alimentos en abril. Entonces, el Gobierno y las organizaciones internacionales decidieron cerrar el reparto para incentivar que la gente volviera a sus casas. Pero las familias siguen en chabolas porque el Ejecutivo no ha empezado a reconstruir la capital.

La visita al hospital sigue mostrando casos dramáticos. A Saturne, un vendedor ambulante de helados, de 43 años, le han operado cinco veces después de que el muro de la iglesia evangelista en donde rezaba se cayera sobre él y le destrozara la cadera. Va en silla de ruedas y sabe que no podrá mantener a sus ocho hijos, que viven en un campamento con una hermana suya. "Si antes era difícil ganarse la vida, ahora es imposible", dice. "Ya no nos queda ni esperanza".

En 15 días, los médicos tuvieron que hacer 4.000 amputaciones, en un país en el que los impedidos están estigmatizados

En otra nave de la misma planta embotelladora, la ONG Handicap International ha montado una zona de rehabilitación para las personas con piernas amputadas a las que les han dado otras ortopédicas. Allí intentan salir adelante ante un futuro poco prometedor. Leoni tiene 16 años y es la mayor de siete hermanos. Dice que la pierna nueva le hace mucho daño y no se la quiere poner, aunque sabe que dentro de menos de un mes tendrá que abandonar la nave e instalarse con su familia en una tienda de campaña de un campamento de Martissant. Llora cuando la insisten en que tiene que practicar.

Enfermos mentales olvidados

Si los impedidos están estigmatizados en Haití, los enfermos mentales son los grandes olvidados. En este país en el que se siente el vudú en cada esquina consideran que la enfermedad mental es un signo de estar embrujados y alejan a los "locos" de sus vidas. De hecho, no hay red de salud mental en Haití.

En el barrio de Croix des Bouquets (Cruz de Ramos), al este de Puerto Príncipe, está el hospital Beudet, único centro de salud mental del país. Está situado en un antiguo campo militar de los norteamericanos, que se convirtió en hospital en los años treinta y permanece casi igual que entonces. Dieciséis pabellones destartalados, que más parecen cuadras, rodean un enorme solar central por donde deambulan medio desnudos como almas en pena los 150 pacientes, junto a cabras, cerdos y gallinas que comparten con ellos la comida. Durante el terremoto se cayeron los muros exteriores y muchos de los enfermos escaparon, aunque casi todos han vuelto.

La organización española Médicos del Mundo tiene un programa de salud mental en Haití y sus representantes explican que el director del centro lleva meses pidiendo ayudas al Gobierno para arreglar el hospital, pero que no recibe ni dinero, ni respuesta alguna. No es una prioridad.

A pesar de la ayuda internacional, hay escombros en cada calle junto a toneladas de basura que se pudre

En una celda con barrotes, cerrada con un enorme candado, está Gabriel. Un paciente de 53 años que dice: "A veces oigo voces y me pongo un poco violento, pero aquí dentro estoy bien". Tiene esquizofrenia, lleva cinco años ingresado en la misma celda y no quiere tomar la medicación, aunque tampoco podría, porque hace tiempo que el hospital no la recibe. Gabriel dedica el día a la lectura y no sale nunca de su celda. Tampoco sale de su celda otro paciente que grita a los visitantes que se acerquen y asegura ser el presidente Obama.

Una ciudad destrozada

De vuelta al centro, Puerto Príncipe se muestra como una ciudad totalmente destruida. No parece que hayan pasado siete meses desde el terremoto. Es verdad que ya hay luz eléctrica tres o cuatro horas al día y que los trabajos de la ONG Oxfam han conseguido llevar agua potable y montar duchas y letrinas en la mayoría de los campos de desplazados. Pero los escombros siguen amontonados en cada calle, junto a toneladas de basura que se pudre.

El palacio presidencial, construido en 1918 al más puro estilo francés por el arquitecto haitiano Georges Baussan, sigue desplomado en un difícil equilibrio, al igual que la catedral, los edificios de doce ministerios y el de Naciones Unidas. En los Campos de Marte, una vendedora de lotería, rodeada de ruinas, ofrece un boleto al visitante. Es la paradoja de quien intenta vender la suerte en un país que nunca la ha conocido.

En algunas calles se pueden ver grupos de personas con camisetas rojas, verdes o amarillas, que trabajan desescombrando con picos y palas junto a camiones destartalados. Son los equipos contratados por programas de cash for work (dinero por trabajo), de algunas ONG, como Ayuda en Acción. Las excavadoras solo salen de noche, con sus enormes focos, en medio de la más absoluta oscuridad de una ciudad que está más muerta que viva.

¿Cuál es el futuro de Haiti? Los haitianos no saben o no quieren responder. Conocen su historia y su clase política. Han sufrido las dictaduras de los dos Duvalier, padre e hijo (Papá Doc y Baby Doc), y la de Aristide y están acostumbrados a las catástrofes naturales que asuelan cada año el país.

Sin embargo, el terremoto del 12 de enero ha conseguido movilizar, como nunca, a la comunidad internacional. La Conferencia de Donantes cuenta con 5.300 millones de dólares para reconstruir el país (350 de España), en los próximos 18 meses. Aunque no entregará estos fondos hasta que haya un gobierno estable, con un proyecto claro y transparente. Algo difícil para un país que, como dice el escritor chileno Rafael Gumucio, "prefiere ahorrar dinero para el funeral de sus hijos antes que para su hospitalización".

La noticia en su origen:
Los agujeros negros del planeta en ELPAÍS.com

lunes, 9 de agosto de 2010

Los agujeros negros del planeta II

 Gaza: Un bloqueo inhumano y total

Viven encarcelados en un territorio de 365 kilómetros cuadrados (una quinta parte de la provincia de Guipúzcoa, la más pequeña de España), rodeados por enormes muros de ocho metros de altura y por un bloqueo naval a apenas tres millas de la costa. Los sitiadores israelíes les tienen sometidos a un bloqueo total e inhumano que impide entrar o salir a personas y mercancías, en respuesta a los más de 8.000 cohetes lanzados desde Gaza a los colonos judíos en los últimos ocho años. Los 1,6 millones de habitantes, de los que un millón son refugiados, viven encarcelados por el Gobierno de Israel y por la autoridad de Hamás (considerada una organización terrorista por Occidente), que ellos eligieron en 2006.

Llegar a Gaza es como pasar del primer al tercer mundo en pocos kilómetros. Hay que volar a Tel Aviv, capital del Estado de Israel, desplazarse en coche a Jerusalén y esperar a recibir un visado para viajar a la franja de Gaza. Una vez conseguido, un taxi Mercedes te lleva hasta el paso de Ben Hanun, en un viaje que te hace sentir en cualquier país mediterráneo europeo. Buenas autopistas, por las que circulan coches occidentales, entre enormes extensiones agrícolas. Un café moderno y con wifi es el último contacto con el bienestar a apenas un kilómetro de la frontera.

La llegada al paso de Ben Hanun supone un auténtico choque para el visitante. La carretera acaba en un enorme muro de hormigón de ocho metros de altura rodeado de vallas metálicas electrificadas, torretas de vigilancia y cámaras de seguridad. Se asemeja a la entrada a un campo de concentración, en el que hacen guardia decenas de militares fuertemente armados.

Hay que entrar en un enorme hangar, a pie, y empezar los interrogatorios. Una soldado muy amable y con muy poco trabajo pregunta con curiosidad. "¿Qué vienen a hacer a Gaza?" y explica luego que la frontera se puede cerrar en cualquier momento, dependiendo de los acontecimientos. Con el visado, entrar es fácil, salir ya veremos.

Después de pasar dos o tres puertas metálicas que se abren y se cierran con estruendo, se entra en territorio palestino. Hay que andar un kilómetro, bajo techo metálico, dejando atrás el muro y las alambradas, hasta llegar a un puesto destartalado en donde varios soldados palestinos, vestidos de negro y cara de pocos amigos, inician un nuevo interrogatorio.

Allí espera un coche con nuestro fixer, Amjad, un palestino que ha vivido en España y Túnez y que se declara admirador de Arafat, cuya foto lleva de salvapantallas en el móvil. Pasada la zona de seguridad, en seguida se llega al pueblo de Ezbeit Abd Rabo, totalmente destruido por los bombardeos de diciembre de 2008, en donde malviven cientos de personas en edificios derrumbados con el hormigón y los hierros a la vista. A lo lejos, se ve la central eléctrica de fuel, la única de Gaza, que solo funciona 12 horas al día, por falta de combustible.

El paso de Ben Hanun está rodeado de un muro de hormigón y vallas electrificadas. Parece un campo de concentración

La franja de Gaza tiene una superficie de 365 kilómetros cuadrados: 13 kilómetros de frontera con Egipto, al sur, ocho kilómetros con Israel al norte y otros 47 al este, mientras que la costa tiene una extensión de 45 kilómetros. De una población de 1,6 millones de habitantes, cerca de un millón son refugiados que fueron llegando a la zona desde 1948 hasta 2006, cuando se cerró el muro. Viven en ocho campos, distribuidos por las cinco provincias de la franja: Norte, Gaza, Dar el Balat, Khan Younis (donde está el mayor campo de refugiados) y Rafah.

Desde el secuestro del soldado israelí Gilad Shalit, el 25 de junio de 2006, por el ejército de Hamás, Israel endureció el bloqueo hasta unos límites inhumanos, impidiendo la entrada de combustible, alimentos y material de construcción. Desde entonces ha habido más de 2.000 muertos, la gran mayoría palestinos, en los continuos enfrentamientos entre uno y otro bando. Nadie sabe dónde está encarcelado este joven que ahora tendrá 25 años.

En estos cuatro años, el Ejército israelí ha realizado dos operaciones militares de represalia y busca del soldado secuestrado. La primera, llamada Lluvia de Verano, en junio del 2006, que duró cinco meses y causó la muerte de palestinos (243 civiles), y la segunda, entre diciembre de 2008 y enero 2009, denominada Operación Plomo Fundido, que sembró el terror por toda la franja de Gaza y causó más de 1.500 muertos palestinos. Luego vino el incidente de la flotilla de la paz, el pasado mes de junio, que volvió a poner en evidencia la política de Israel.

Además del conflicto exterior, Gaza vive una guerra interna entre las dos organizaciones palestinas: Fatah y Hamás. La primera, mucho más moderada, ganó las elecciones en todos los territorios palestinos y controla la Autoridad Palestina, excepto en la franja de Gaza, en donde triunfó Hamás en 2006. Desde entonces, ha instaurado un régimen radical islámico, manteniendo su guerra contra los colonos judíos y su conflicto contra los militantes de Fatah. En junio de 2007 se produjo una guerra entre ambas organizaciones, en la franja de Gaza, con el resultado de 700 muertos y la salida de los representantes de la Autoridad Palestina.

UNA FAMILIA DESTROZADA

Ghalia Al Sammouny tiene 60 años, es viuda y perdió a 29 miembros de su familia en la Operación Plomo Fundido. Sentada en el suelo, en una chabola junto a las ruinas de lo que fue su casa, recuerda ese 5 de enero de 2009 con terror. "Cuando llegaron los tanques israelíes, mi hija iba a dar a luz", explica entre lágrimas. "Tuvo una niña que sobrevivió a los bombardeos. Pero mi hijo recibió un proyectil y cayó fulminado en medio de la calle. Destrozaron a toda una familia. Ya no tenemos nada".

Junto a ella, otras tres mujeres más jóvenes hacen coro. Todas pertenecen al clan y todas perdieron a algún familiar. "Todas somos viudas o huérfanas de guerra", dice Fathia, que perdió a su marido y a dos hijos. "Ya no tenemos ni familia, ni dinero, tierras, ni esperanza… esperamos la muerte".

Desde el secuestro del soldado Shalit, en junio de 2006, Israel endureció el bloqueo hasta unos límites inhumanos

La familia Al Sammouny eran granjeros en la afueras de Gaza, en el barrio de Al Zatun, al sur de la capital. Una zona de pequeñas granjas de hortalizas y frutas. El 5 de enero, después de muchos días de bombardeos, los aviones israelíes volvieron a sobrevolar la franja de Gaza en vuelo rasante. La gente salió de sus casas ante el temor de las bombas que empezaban a caer y se encontraron en la calle con los tanques del ejército de Israel, que venían del oeste y empezaron a disparar sus proyectiles. "Fue terrible ver caer a mi hijo de 21 años y desangrarse en el suelo", grita Ghalia con las manos en cruz, como pidiendo justicia.

Los ataques, además de matar a 29 miembros del clan, destrozaron sus cuatro viviendas y los campos de cultivo. Desde entonces, viven en una chabola que se han construido con material de derribo, entre varias higueras medio secas. Es la imagen de la fatalidad. La chabola está construida de barro, con un tejado de uralita medio roto; unos 15 metros cuadrados. Al fondo, amontonados, unos colchones viejos y sucios, mantas, alfombras y algo de ropa. Una bombilla cuelga del techo. Allí viven seis personas. Al otro lado, otro chamizo de dos por dos metros, sin techo, hace las veces de cocina, con un pequeño infiernillo donde cuece el agua para el té.

Cinco o seis niños menores de 7 años juegan junto a un tendedero de alambre roñoso, hierros retorcidos de lo que fue una casa, plásticos colgados que mueve el viento, un huerto con tres o cuatro filas de repollos y montones de porquería, en donde comen varias cabras y gallinas.
"Cuando acabaron los bombardeos, pudimos enterrar a nuestro muertos", explica Ghalia. "A todos menos a uno, que se llevaron los israelíes y que murió allí, según nos contaron. Desde entonces, estamos muertos; vivimos en la miseria de lo que sacamos de la tierra y de pequeños trabajos que van saliendo. Tuvimos algunas ayudas de Naciones Unidas, pero se han acabado".

Los Al Sammouny llevaban 30 años viviendo en esa zona, cultivando la tierra, pero desde el bloqueo todo empezó a ir de mal en peor. "Ahora estamos acabados", dice Fathia. "¿Qué vamos a hacer? Criamos a nuestros hijos como podemos, pero tenemos miedo de que vuelvan los aviones. No sabemos qué será de nosotras y de nuestros hijos mañana o la semana que viene".

Ghalia pide ayuda. De rodillas, con los brazos abiertos y las lágrimas cayendo por la cara, pide protección, comida, un techo… "no nos queda nada, pero no podemos rendirnos. Confiamos en Dios y tenemos que sacar adelante a nuestros hijos".

UN PESCADOR VARADO

Jamal Abu Hamada tiene 49 años y una mirada triste, casi muerta. Es pescador y vive en el campo de refugiados de Al Shati, en el centro de la capital, que se creó en 1948. Entonces eran tiendas de campaña, pero hoy son viviendas a medio construir, ruinosas y llenas de escombros, sin ventanas ni casi muebles. En la franja de Gaza hay ocho campos de refugiados, habitados por un millón de personas, que viven de las ayudas de Naciones Unidas.

"Los habitantes de Gaza tienen serios problemas de salud mental por estar encerrados tras un muro", explica el doctor Moeen

Vive en una casa de tres pisos, en ruinas, semiconstruida hace cinco años, con su mujer, cinco hijas, cuatro hijas, dos nueras y tres nietos. Son 16 a comer todos los días. Empezó a trabajar de pescador a los 10 años y ahora tiene tres barcas de ocho metros; dos en Gaza y una en Rafah, junto a la frontera con Egipto. Antes se ganaba la vida de una forma digna, pescando, cuando las aguas jurisdiccionales eran 12 millas. Pero en 2006, los israelíes rebajaron la zona a tres millas y allí no hay casi pesca. "El que sale del cerco de las tres millas", explica, "es apresado por las patrulleras israelíes, que hunden las barcas".

"Vivimos de las ayudas del UNRWA", explica Jamal. "Cada tres meses nos dan tres sacos de harina de 150 kilos, 15 kilos de azúcar, 15 kilos de arroz y 7 litros de aceite vegetal. Sigo vivo porque no hay suficientes maneras de morir, pero cada día estoy más muerto. El futuro no existe para nosotros".

Los bombardeos de 2008 le destrozaron parte de la casa, que sigue llena de escombros. "No tenemos ni dinero, ni material para reconstruirla", dice. "La luz solo funciona 12 horas al día y cuando tenemos algo de dinero para combustible, podemos encender el generador para tener luz. Mis hijos tienen trabajo tres meses al año y así no podemos mantener a la familia. Solo tenemos a Dios que nos ayuda. Rezamos cinco veces al día, como dice el Corán, pero cada vez tenemos menos esperanza. Ya son muchas guerras vividas: la de 1967, la 1986, las consecuencias de la guerra del Golfo, las dos intifadas... pero lo peor ha venido con el Gobierno de Hamás y el bloqueo de Israel".

Sus hijos observan lo que dice, mientras desenredan unas redes de pesca llenas de anzuelos, que pasan de contenedor de madera a otro, en una tarea inútil, porque saben que no las pueden usar. Aun así, las mantienen al día, por lo que pueda pasar.

Caminando hacia el puerto, Jamal se mantiene en silencio, como perdido. Solo hablan sus ojos, llenos de desesperación. Hay decenas de barcas varadas en un puerto en ruinas por los bombardeos. Cuatro pescadores toman el té sobre una alfombra raída, mientras algunas barcas entran o salen del puerto para intentar pescar algunas sardinas a menos de tres millas de la costa.

ENFERMOS DE DESESPERANZA

Jamal es uno de los cientos de miles de palestinos que viven enfermos de desesperanza. Es el principal problema de salud de la franja, según explica el doctor Moeen, director del Centro de Salud Mental de Jabalia, el mayor de Gaza. Tiene 56 años, está doctorado en Psiquiatría por la Universidad de París y ha trabajado en Arabia Saudí, Libia e Irán. Ahora se dedica a intentar sacar del pozo en que se encuentran sus 5.000 pacientes mentales del barrio de Jabalia.
"Los habitantes de Gaza tienen problemas serios de salud mental", explica el doctor Moeen, "por el hecho de estar encerrados dentro de un enorme muro, a expensas de los ataques periódicos y una situación de pobreza y de sobrepoblación muy alta". En el barrio de Jabalia viven cerca de 300.000 personas y es uno de los más afectados por los ataques de Israel. De hecho el centro médico está rodeado de casas destruidas por las bombas y que no se podrán reconstruir mientras dure el bloqueo.

Los niños "becados" por Naciones Unidas logran olvidarse de sus penurias durante el medio día que pueden ir a la escuela

"Atendemos a unos mil pacientes mensuales en este centro de Salud Pública", añade el psiquiatra. "La mayoría son pobres, o muy pobres, y están afectados por depresión, ansiedad, shock postraumático o adicciones a las drogas. De los 5.000 pacientes, el 70% por cientos son hombres. Llevo doce años trabajando aquí y la situación es cada vez peor. No damos abasto, ni tenemos medicinas suficientes para tratar la depresión; los antidepresivos se acaban en seguida y no hay centros de rehabilitación para los problemas de adicción a hachís y pastillas, que son cada vez más frecuentes". La principal adicción es al tramadol, un derivado de la morfina que entra por los túneles y que se vende en cualquier sitio.

Este centro cuenta con el apoyo y la financiación de la ONG española Médicos del Mundo (MDM). Allí está desplazada Susana del Val, psicóloga de 37 años, cuyo trabajo consiste en mejorar el sistema de organización del Centro de Salud. Susana corrobora el deterioro de las condiciones mentales de los habitantes de la franja de Gaza desde 2006. "Los más vulnerables son los niños y los jóvenes", explica. "Aquí viven como encarcelados en unas condiciones extremas, rodeados de violencia tanto externa como interna. La religión y la familia sirven de contenedores para sobrevivir a esa situación extrema".

Un bloqueo inhumano y total
Ghalia Al Sammouny, de 60 años, perdió a 29 miembros de su familia a causa de los bombardeos del ejército israelí durante la Operación Plomo Fundido, el 5 de enero de 2009.

Un bloqueo inhumano y total
Ghalia muestra la foto de su hijo, muerto en uno de los ataques aéreos de los israelíes.

Un bloqueo inhumano y total
Jamal Abu Hamada no puede faenar en las costas de Gaza desde que Israel limitó a tres millas las aguas jurisdiccionales.

Un bloqueo inhumano y total
Este pescador vive en el campo de refugiados de Al Shati, en el centro de la capital, entre viviendas a medio construir, ruinosas y llenas de escombros.

Un bloqueo inhumano y total
Hanna el Gafarani es dueña de una guardería privada en Gaza, a la que asisten cien niños de 4 y 5 años.

Un bloqueo inhumano y total
Una niña borda en una cinta banderas palestinas en el centro Right to Live, que acoge a menores con deficiencias psíquicas en Gaza.

Un bloqueo inhumano y total
Vista del centro de Rafah, en la franja de Gaza.

Un bloqueo inhumano y total
"Cada día trato a muchos niños con todo tipo de traumas motivados por la guerra, la pobreza, el estrés o la falta de cariño", dice el doctor Moeen.

Un bloqueo inhumano y total
Los menores de 10 años solo han conocido el bloqueo, que se inició en 2000, con la segunda Intifada, y que se endureció en 2006.

Un bloqueo inhumano y total
"Los niños no tienen infancia en Gaza, viven rodeados de violencia y eso les hace ser violentos", afirma Hanna el Gafarani, dueña de una guardería.

Un bloqueo inhumano y total
En el colegio del barrio de Remal, en el centro de Gaza, asisten cada día 1.200 alumnos. En la imagen, una profesora de derechos humanos: sus alumnos nunca le han visto la cara.

Un bloqueo inhumano y total
La ONG palestina Right to Live atiende a niños con síndrome de Down y está financiada por varios países, entre ellos España.

Un bloqueo inhumano y total
La religión y la familia sirven de contenedores para para sobrevivir a la situación extrema en que se encuentra la población de Gaza. En la foto, una feria organizada por el Ministerio de Religión del Gobierno de Hamás.

Un bloqueo inhumano y total
Los alumnos se preparan para el desfile.

El doctor Moeen, añade que cada día tiene "que tratar a muchos niños a los que traen cada vez más pequeños con todo tipo de traumas motivados por la guerra, la pobreza, el estrés, la falta de cariño o simplemente la sobrepoblación; la situación es dramática y vamos a peor".

VIDAS SIN SENTIDO

Cada dos o tres meses viaja a Gaza el médico español Ricardo Angora, uno de los responsables del proyecto de MDM y gran conocedor de la situación de la zona. Él ha sido testigo del empeoramiento de la situación desde 2006. "Los palestinos no encuentran ahora ningún sentido a sus vidas", explica. "Hay una sensación de incertidumbre sobre lo que pasará al día siguiente, que hace a la gente no saber qué será de ellos mañana. Ya hay varias generaciones perdidas, pero la peor parte se la llevan los niños, que suponen más de la mitad de la población".

Angora añade que "aunque ahora no haya una situación de guerra abierta, los ataques selectivos que realiza la aviación israelí hacen mella en la moral de la población, que además vive en la más absoluta pobreza (el 80% vive por debajo del umbral de pobreza), dependiendo en su gran mayoría de las ayudas de Naciones Unidas para poder subsistir. Los principales problemas son la falta de trabajo y vivienda, la violencia externa e interna y, sobre todo, la sensación de encarcelamiento. Es terrible saber que no puedes salir de un lugar en el que malvives".

Los niños son, una vez más, víctimas propiciatorias del conflicto. Los menores de 10 años sólo han conocido el bloqueo, que se inició en 2000, con la segunda Intifada, y que se endureció en 2006.
Hanna el Gafarani, 38 años, es dueña de una guardería privada en Gaza, a la que asisten cien niños de 4 y 5 años, y corrobora las opiniones de los representantes de Médicos del Mundo. "Los niños no tienen infancia en Gaza", dice Hanna. "Viven rodeados de violencia y eso les hace ser violentos y buscar la lucha. Aunque se han acostumbrado al ruido de los aviones cuando sobrevuelan para bombardear, están muy afectados. Nuestro objetivo es trabajar con ellos y mandarles un mensaje de esperanza y de felicidad. Pero la verdad es que es muy difícil".

También es difícil el trabajo de Right to Live, una ONG palestina que atiende a niños con síndrome de Down, y que es financiada por varios países, entre ellos España, a través de la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI). El centro se encuentra en el barrio de Al Shejia, una antigua zona industrial a las afueras de Gaza, convertido ahora en ruinas de naves industriales destruidas por los bombardeos de hace año y medio.
Mohammed Areer, 37 años, es el subdirector de la institución; un psicólogo que lleva 12 años trabajando en el centro, que se creó en 1992 como una pequeña casa de acogida para niños enfermos de síndrome de Down. Es la única organización que da servicios a estos niños y hay lista de espera.

"En 1996, el Gobierno palestino nos donó 10.000 metros cuadrados de terrenos y empezamos a crecer en instalaciones", explica Mohammed. "Tuvimos ayudas importantes de varios países de la Unión Europea, como España. Pero desde que Hamás llegó al poder, en 2006 y se reforzó el bloqueo, las ayudas llegan con cuentagotas. Tenemos asegurada financiación tres años, con lo recibido del exterior, pero ahora no tenemos más ingresos, así que no podemos hacer planes de futuro".

Right to Live atiende a 850 niños y niñas, de los 650 tienen síndrome de Down, 50 son autistas y los 150 restantes no tienen ninguna enfermedad y colaboran en la educación de los demás. Los jardines del centro son como un remanso de paz en medio de una sociedad estresada y desesperanzada, que vive de las ayudas del exterior.

UNA AYUDA IMPRESCINDIBLE

"Sin las ayudas de Naciones Unidas, los habitantes de Gaza no sobrevivirían ni un mes". Quien así habla es Sebastien Trives, 39 años, máximo responsable de los planes de emergencia de UNRWA. Un francés de Montpellier que llegó a Gaza hace tres años, después de pasar otros tres en Afganistán. Tiene la mirada limpia y una voz suave, pero sus palabras denotan una cierta frustración. "Aquí todo va en la dirección incorrecta, la cosa está cada vez peor y no tiene ninguna pinta de mejorar", explica. "Por eso, nuestro trabajo aquí es cada vez más importante, casi imprescindible".

La UNRWA tiene dos tipos de actividades en Gaza: educación y emergencia. "En educación", dice Sebastien, "nos volcamos en intentar buscar soluciones de futuro. Tenemos 228 escuelas en la franja de Gaza, a la que acuden 200.000 estudiantes de entre 6 y 15 años. Les enseñamos árabe, inglés, matemáticas y derechos humanos. Todos los profesores son locales".

"Nos gustaría ayudar a acabar con la ocupación y el bloqueo de Israel", dice en un tono un poco más agresivo, "pero como no está en nuestras manos, intentamos formar a los niños para que actúen de acuerdo a los valores universales de no violencia y respeto. No dependemos del Gobierno de Hamás y actuamos con total libertad. De hecho, todas nuestras escuelas son mixtas. Lo único que podemos hacer intentar que la próxima generación pueda vivir mejor y no sobrevivir, como sucede ahora".

Los niños "becados" por Naciones Unidas consiguen olvidarse de sus penurias durante el medio día que pueden ir a la escuela. Al colegio del barrio de Remal, en pleno centro de Gaza, asisten cada día 1.200 alumnos, niños y niñas, en dos turnos (de 7 a 12 de la mañana y de 12 a 17). Hay 38 aulas, asistidas por profesores y profesoras. Los alumnos desfilan de forma marcial para los visitantes, y sonríen abiertamente ante el fotógrafo. Parecen felices, pese a todo. Sin la ayuda de Naciones Unidas, estarían en la calle.

La principal responsabilidad de Sebastien son los planes de emergencia de la Naciones Unidas en Gaza. De él dependen directamente las actividades de salud primaria, infraestructuras y ayudas a los refugiados, con un presupuesto anual de 250 millones de dólares. "De nosotros dependen cerca de un millón de refugiados a los que ayudamos a sobrevivir", explica. "Gaza es una gran cárcel en donde viven los palestinos sin trabajo ni esperanza. El 60% de los jóvenes está sin trabajo y vive en un entorno de violencia extrema. Además, calculamos que 300.000 personas viven aquí en una situación de pobreza extrema".

Cada tres meses, la UNRWA reparte sus alimentos en once centros esparcidos a lo largo de toda la franja de Gaza: harina, arroz, azúcar, aceite y, cuando hay, algo de carne.

"En infraestructuras no podemos trabajar bien", se queja Sebastien Trives. "Desde los bombardeos de enero de 2009 no hemos podido reconstruir ninguna vivienda, porque no tenemos material de construcción. Ahora estamos construyendo casas de barro, como solución provisional. El bloqueo impide entrar cualquier cosa a Gaza. La única vía de entrada son los túneles del sur"
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Los agujeros negros del planeta en ELPAÍS.com

domingo, 1 de agosto de 2010

Los agujeros negros del planeta

Como cada verano, gracias al diario El País, inicio una serie de entregas que nos mantienen atados a la realidad
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Más de mil millones de personas viven en el mundo con menos de un dólar diario y más de dos mil, con menos de dos. La mitad de ellos son niños. 1.100 millones no tienen acceso a agua corriente y 2.600 millones no conocen las condiciones sanitarias mínimas. La globalización ha aumentado las desigualdades, creando grandes focos de pobreza. EL PAÍS ha viajado a algunos de los cientos de agujeros negros del planeta, en distintos puntos cardinales: Bangladesh, Gaza, Haití y República Centroafricana. Cuatro historias humanas de miseria que se publicarán durante agosto.

Hoy, la primera: Bangladesh. Niños sin futuro que malviven el presente. Más de 700.000 críos de menos de 14 años viven en las calles de Bangladesh, en peligro constante. Las niñas corren más riesgo.

Echados sobre el suelo, como despojos humanos, duermen cientos de personas en los andenes de la estación de tren de Chittagong, la segunda mayor ciudad de Bangladesh. La mayoría son niños de menos de 14 años. Son los niños de la calle, que forman un ejército de más de 700.000 almas, cuya vida vale bien poco. Deambulan durante el día por cualquiera de las ciudades superpobladas del país bengalí, el de mayor densidad de población del mundo, buscando algo que llevarse a la boca, y descansan a la intemperie, en cualquier rincón, sin importarles los peligros que les rodean. Cada día es una nueva aventura para unas vidas sin pasado ni futuro: solo importa el presente.

Son las doce de la noche y todavía hace calor, más de 30 grados, pero hoy no va a llover. Se ven estrellas en el cielo, a pesar del humo de los camiones que aguardan, con el motor encendido, a menos de cien metros de la estación, en el mercado de frutas, listos para descargar sus mercancías. Hace ya una hora que la policía ha dejado de patrullar por los andenes de la vieja estación victoriana de Chittagong y los niños no han perdido el tiempo. Hay cientos de ellos repartidos por los dos kilómetros de andenes en penumbra. Si te descuidas, los puedes pisar.

La gente se amontona en torno al fotógrafo. Tienen tiempo… es lo único que tienen. Los niños no se despiertan a pesar del ruido de los curiosos, el repiqueteo del clic de la máquina de fotos o las velas que hay que encender para tener más claridad. Están en un estado de semiinconsciencia, después de un día más de malvivir en la calle.

Una madre duerme con tres hijos, uno de ellos un bebé de pocos meses, al que abraza de forma protectora. Los otros dos chiquillos, de entre 5 y 8 años, no sueltan ni en sueños los sacos de tela blanca en los que llevan sus únicas pertenencias; botellas de plástico vacías, algún bidón de agua, chatarra y algo de arroz o fruta a medio pudrir que hayan recogido de la calle. La madre abre un ojo, alterada por el paso del grupo, comprueba que su camada está allí, y lo vuelve a cerrar atrayendo para sí a su bebé.

A pocos metros, dos niños de entre 10 y 12 o 13 años sueñan entrelazados. Uno boca arriba, con la pierna izquierda tocando al otro, que a su vez pone la mano sobre el cuerpo del primero. Es un contacto mutuo, que seguro les hace estar en compañía en medio de la noche. Respiran profundamente, despreocupados por el entorno hostil que les rodea. No se pueden permitir el miedo. Tienen que descansar para afrontar el día siguiente. En cuanto amanezca, tendrán que abandonar la estación y buscarse la vida en las calles.

Sobre un murete y bajo las escaleras, una niña que no debe de llegar a los 8 años duerme boca arriba, con las manos sobre el pecho, como una bella durmiente a quien ningún príncipe vendrá a besar. Da miedo verla allí sola, indefensa, en medio de las sombras de la noche de una estación. Probablemente haya llegado a Chittagong ese mismo día, en alguno de los trenes atestados de gente, huyendo de algo o de alguien, y se haya tumbado agotada sin saber el riesgo de corre. Miles de niñas son secuestradas cada año en Bangladesh y vendidas para la prostitución.

SACARLOS DE LA CALLE

Unicef, Ayuda en Acción, Save the Children y otras ONG trabajan desde hace años para intentar solucionar un problema creciente. Bangladesh es uno de países más pobres del mundo, con el 41% de sus 140 millones de habitantes viviendo con menos de un dólar diario. El 84% malvive con menos de dos dólares al día.

Niños y niñas son las principales víctimas. Casi la mitad de la población es menor de edad y las cifras de desgracias son escalofriantes. Un total de120.000 bebés de menos de un mes mueren al año en el país (14 cada hora), la mitad de ellos en las primeras 24 horas de vida. La mortandad infantil es del 52 por mil, cifra que llega al 65 por mil en menores de 5 años. Oficialmente, hay 7,5 millones de niños de entre 5 y 15 años que trabajan, aunque la cifra real supera el doble, por la economía sumergida. Estos niños aportan entre el 20 y el 30% de la renta de sus familias.

Viendo estas cifras, antes de viajar a Bangladesh, escandaliza el número de niños y niñas que tienen que trabajar desde muy pequeños para mantener a sus familias. Pero al callejear por Dhaka (la capital), Chittagong, Khulna, Sirajganj, Faridpur o cualquier otra ciudad bengalí se da uno cuenta de que los que trabajan y viven en casa son unos privilegiados, comparados con los más 700.000 niños de la calle. Una cifra que, según Unicef, llegará a 1,2 millones en 2014 y 1,6 en 2024.

Subuj tiene 12 años y lleva seis meses en la calle, aunque desde hace tres duerme en uno de los refugios abiertos por Unicef en Chittagong, la segunda ciudad de Bangladesh, con más de seis millones de habitantes. Es de un pueblo del noreste del país, a más de 200 kilómetros de donde ahora vive. Su padre murió cuando él era muy pequeño, y su madre y sus tres hermanas, mayores que él, trabajan como sirvientas en casas. Él llego a la ciudad, acompañado de su madre, recién cumplidos los 12 años. Venía a buscar trabajo, pero se perdió en la calle, o fue abandonado, quién sabe.

"De repente, me encontré solo en la calle", explica el niño, que ha tenido que madurar de repente, "y no sabía qué hacer". Se juntó con otros niños de la calle y durmió durante algunas semanas en la estación. "Era muy peligroso. Primero tenías que evitar a los policías, que nos perseguían con palos. Una vez me dieron una buena paliza. Luego te tumbabas a dormir en el suelo con miedo a lo que pudiera pasar. Los primeros días lloraba mucho y dormía poco, pero luego me fui acostumbrando".

Chittagong es una ciudad llena de emigrantes de otros Estados. Está en el sureste y tiene el mayor puerto del país, además de mucha actividad comercial. Por eso viajan allí miles de personas cada año en busca de trabajo, y por eso Unicef tiene allí su mayor proyecto de protección de niños.

En las calles de Bangladesh viven 700.000 niños. Cada hora mueren 14 bebés en este país

Una mañana, Subuj se enteró de que muchos de los niños que dormían con él en la estación de trenes iban por la mañana a una especie de escuela al aire libre en el aparcamiento de la estación, y se fue con ellos. Allí entró en contacto con los educadores sociales de la ONG local Aparajeyo, que colabora con Unicef, y a los pocos días estaba durmiendo en uno de los cinco refugios que tienen en la ciudad. "Aquí me siento seguro. Durante el día voy al mercado a trabajar descargando o empujando carros, y puedo ganar hasta 80 takas (un euro). Pero ya no tengo que dormir en la calle".

"¿Qué quieres ser de mayor?".

La respuesta es rápida: "Quiero aprender cosas, y me gustaría ser electricista".

En el refugio duermen 60 niños cada noche, y acuden a comer más del doble. Tienen duchas, tres comidas al día y, sobre todo, compañía y seguridad. Allí se refugian niños de entre 6 y 18 años, y aunque la convivencia no es fácil, es más llevadero que dormir a la intemperie.

Rifat tiene 9 años, viste solo unos pantalones y lleva la cabeza pelada al cero. "Tenía piojos", explica con descaro. Es de un pueblo del norte, a 400 kilómetros de Chittagong, y se fue de su casa hace tres años, con apenas seis, con un primo suyo de 10.

"¿Por qué te fuiste?"

"Mi madre se murió y mi padre se volvió a casar. Mi madrastra no nos quería ni a mi, ni a mis cuatro hermanos mayores". Así que se fue a Dhaka y vivió en la calle, con su primo, durante casi tres años. Cerca de 200.000 niños viven en las calles de Dhaka, la capital de Bangladesh, con una población superior a los 16 millones de habitantes.

"Dormíamos unas veces en la estación de tren y otras en los embarcaderos, junto al río, pero un día mi primo se fue y me dejó sólo. No sabía qué hacer, me monté en un tren y llegué aquí. En esta estación se está mejor que en la de Dhaka, porque hay menos gente mala". Lleva dos meses en el refugio y dice que está muy contento. "Tengo amigos, juego, como y duermo sin lluvia". Durante el día, recoge botellas vacías de plástico y las vende en el mercado; saca entre 20 y 40 takas al día (entre 25 y 50 céntimos de euro).

Son las ocho de la tarde, la hora de la televisión. Rifat quiere irse a ver los dibujos animados, pero atiende a la última pregunta. "¿Qué quieres ser de mayor?".

Se queda callado, triste y confundido, como si nunca hubiera pensado en un futuro, que realmente no existe. Al final, después de pensarlo mucho dice mirando a Habib, el director del centro que hace de traductor, que le gustaría trabajar en una tienda de coches. Y se va corriendo a ver la televisión, con sus 60 compañeros de refugio. Niños que se han hecho mayores en la calle, pero que vuelven a su infancia frente a los dibujos animados que los hipnotizan a todos, sentados en el suelo, descalzos y disfrutando de unos momentos de felicidad.

En una esquina está Alauddim, 12 años, una camiseta sin mangas azul y un pendiente de plata en la oreja derecha. Tiene mirada de pillo y se ve que se gana bien la vida en la calle. Lleva tres meses durmiendo en el refugio, después de otros tres en la estación. Es huérfano, y vivía con un tío materno, pero al cumplir los doce años le echaron de su casa, a unos de 100 kilómetros de Chittagong, y se vino con otro niño a las calles de esta ciudad, en donde recoge trozos de metal del suelo y los vende en una chatarrería.

"Ya tengo mucho dinero ahorrado", dice con una enorme sonrisa, "casi 300 takas (menos de cuatro euros). Me gasto muy poco de lo que saco en la calle, y estoy ahorrando para poner una tienda de muchas cosas. Aquí me guardan el dinero, porque una vez me lo robaron en la calle unos niños más mayores". Cada niño tiene su propia cartilla en el refugio en la que van guardando sus ahorros.

El que no tiene nada ahorrado es Shahim, el más pequeño de los niños de la casa. No sabe decir cuántos años tiene; levanta los hombros y sonríe. No tiene más de 6. Vino a Chittagong hace dos o tres meses con su madre, dos hermanas y un hermano. Su madre abandonó a los dos niños en la calle, cuando encontró trabajo en una casa y colocó a sus hijas en otras casas. A Shahim lo encontró durmiendo en la calle un trabajador social y lo trajo al refugio hace unas semanas. Estuvo muy triste los primeros días, sin salir de la casa, pero luego aprendió a vivir en la calle.

"¿Qué haces en la calle?".

"Nada. Me monto en un autobús que va a la universidad y allí estoy con los niños mayores, que me dan algo de su comida. También cojo cosas del suelo y las cambio por otras, o pido dinero para comprarme comida. Luego cojo el autobús otra vez y vengo a ver la tele y a cenar".

"¿Has vuelto a ver a tu madre?".

"No", dice reprimiendo las lágrimas, "pero la van a encontrar y luego me iré con ella. Un día vi a mi hermano y me dijo que íbamos a encontrarla. Pero él no quiso venir a dormir conmigo. No le he vuelto a ver". Estará entre los 70.000 niños que duermen en las calles de Chittagong.

El último en llegar al refugio, hace cinco días, es Rasel, 12 años y mirada triste. Viste solamente un pantalón corto de color rojo, y se le pueden contar las costillas. Se ve que ha pasado hambre. "Me fui de casa hace dos semanas", dice. "Mi madre se fue con otro hombre y mi padre se volvió a casar con otra mujer que tenía cinco hijos. No me querían, y mi madrastra me gritaba y me pegaba, así que me fui a la estación y cogí un tren a Chittagong, porque había oído que aquí hay muchos mercados donde trabajar".

Se toca una pequeña cicatriz reciente bajo el ojo izquierdo y dice que no recuerda cómo se la hizo. "Aquí estoy muy bien", explica con una sonrisa forzada, "mejor que en casa, porque nadie me pega. Todavía no tengo amigos, pero trabajo en el mercado empujando carros y ayer me dieron 40 takas (50 céntimos de euro). Quiero trabajar en un restaurante".

Es la hora de la cena. La cocinera, Aída, apaga la televisión y se sienta en el suelo, a un lado de la larga habitación, sobre una estera en la que hay una gran olla con arroz blanco, otras dos fuentes con pollo y verduras y otra olla con caldo. Los 60 niños se sientan en el suelo haciendo un enorme corro y los más mayores acuden a recoger las escudillas con la comida que va sirviendo Aida. No empiezan a comer hasta que todos tienen su escudilla y entonces se apaga el murmullo y las risas y se hace el silencio mientras todos comen con las manos hasta dejar los platos vacíos.

En el mercado de frutas, niños de 12 a 15 años empujan carros cargados hasta los topes, hasta el límite de sus fuerzas

Media hora después devuelven las escudillas vacías y se preparan para dormir. Extienden esterillas por el suelo y se tumban amontonados. Los más mayores ocupan los mejores sitios y los pequeños buscan cobijo junto a ellos. Cuando se apaga la luz, poco a poco, la habitación va quedando en silencio.

EL MERCADO DE LOS NIÑOS

Por la mañana, el mercado de frutas que linda con la estación de trenes es un auténtico hormiguero. En Bangladesh las calles están siempre abarrotadas. Los carros de madera llenos de enormes cestas de mangos, piñas o verduras apenas pueden circular entre los puestos, en medio de un enorme atasco que hace que el trabajo sea más penoso todavía. Delante de cada uno, un hombre encorvado hace las veces de animal de carga, tirando del carro. Y detrás, uno o dos niños de entre 12 y 15 años empujan hasta llegar al límite de sus fuerzas. Hay cientos de ellos luchando por conseguir el trabajo.

Allí están Shaju, Rasel y Subuj, que saludan con una sonrisa sin dejar de empujar, con enorme esfuerzo para un adulto, los carros que avanzan penosamente entre los puestos. Son sólo niños, pero tienen trabajar como hombres.

Cruzar la calle principal de Chittagong, repleta de camiones, autobuses, coches, tuc tucs y ricshaws, es una auténtica aventura. Al otro lado está el mercado de Riazuddin, más grande que el de frutas y también abarrotado, lleno de puestos de ropa, libros, cacharros y chamarilería. En la zona más oscura se amontonan decenas de niños con sus sacos blancos llenos de plásticos, cartones o chatarra, en busca de comprador. Alaudim, más avispado que nadie, ha conseguido vaciar su saco lleno de chatarra y se lleva al bolsillo un billete manoseado de diez takas, antes de volver a la calle a buscar más tesoros. Le quedan diez horas para intentar conseguir 70 u 80 más para aumentar sus ahorros y conseguir, algún día, abrir el puesto con el que sueña.

En el segundo piso de una especie de centro comercial repleto de puestos de comida sucios, que allí llaman restaurantes, está otro centro de la ONG Aparajevo. Lo llaman drop in center, porque los niños de la calle se dejan caer por allí a la hora de comer, o a cualquier hora del día, para descansar, jugar o lavarse. Se abrió en 2001 y han pasado por allí más de 1.000 niños.

Mientras esperan la comida, varias decenas de niños juegan en el suelo, de cuatro en cuatro a caremboard, una mezcla de juego de mesa y billar americano. Tienen que meter las fichas, tirando con los dedos, como si fueran chapas, en cuatro agujeros en las cuatro esquinas del tablero. Shakil, 9 años, es el campeón. No falla casi nunca, y se ríe cada vez que lo consigue. Es como volver a la vida que le corresponde a un niño entre un día de jornada laboral de hombre y una noche de sueño a la intemperie.

LAS NIÑAS TIENEN DOBLE RIESGO

En la parte norte de la ciudad, Unicef tiene uno de sus tres centros para niñas. El 30% de los pequeños que viven en las calles de las ciudades de Bangladesh son niñas y tienen el riesgo añadido del secuestro para ser vendidas para la prostitución. En el refugio de Khaza Road hay 90 chiquillas, de las que 50 están internas y el resto vuelven a dormir a sus casas. Allí reciben educación, alimento y cariño. Han preparado una función, con cantos y bailes, para recibir a los visitantes.

La jornada transcurre con alegría, pero en una esquina de la sala llama la atención una niña muy menuda de ojos tristes, con el pelo corto y vestida con una camiseta larga, que no presta atención a la fiesta. Cuando todo ha pasado, la directora del centro, Nasima, cuenta la historia de Tanznia, que no se suelta de su mano en ningún momento. "Tiene 8 años y lleva 45 días aquí", dice. "Un vecino la encontró durmiendo en la calle y la trajo al refugio".

En todo este tiempo no han conseguido saber su historia y la conversación con ella tampoco aporta mucho. Contesta con una vocecita triste a las preguntas, sin dejar de mirar a la directora, a la que ahora abraza cada vez más fuerte. Dice que quiere volver con sus padres, pero que no sabe donde viven, y que tiene un hermano con el que estaba por la calle cuando se perdió.

El psicólogo del centro piensa que la niña sufrió un shock y que quiere olvidarlo todo, pero que cuando llegó la hicieron un reconocimiento y no había signos de violencia. Algo debió de ver que la ha dejado así.

La formación es una parte importante del proyecto para sacar a los niños y las niñas de la calle. Se les enseña un oficio para que puedan trabajar cuanto antes. Cerca del centro de niñas, en un enorme almacén de carpintería, trabajan cinco niños, de 15 y 16 años, que duermen en el refugio de Purba Naslrabad. Llevan ya dos meses y pronto podrán buscarse un cuarto donde vivir.

Sumon tiene 16 años y parece el más espabilado de ellos. Se emplea a fondo lijando una puerta de madera en el centro del almacén en donde trabajan cien personas. Trabaja 12 horas al día, pero se siente un afortunado por haberlo conseguido después de un año de formación y, sobre todo, porque gana 3.000 takas al mes (casi 40 euros). Como otros muchos niños de la calle, se fue de su casa cuando murió su madre y su padre dejó de prestarle atención. Tenía 13 años y vivió uno entero en la calle, hasta que encontró el refugio.

Muy cerca de la carpintería, en el primer piso de una casa muy pequeña, trabaja otra de las niñas sacadas de la calle. Se llama Chappa, tiene 15 años y es costurera. Está fabricando una blusa en una vieja máquina de coser y parece feliz, aunque su historia no lo sea. Con 13 años, su madre la trajo a la ciudad y la dejó en una casa como sirvienta. "La señora de la casa me trataba muy mal", explica, "no me pagaba, me daba muy poco de comer y a veces me pegaba. Al mes de estar allí me fui de la casa y volví a donde vivía mi madre, pero se había ido con otro hombre a otra ciudad. Me quedé muy triste e iba andando por la calle llorando, cuando una mujer se me acercó y me dijo que si quería trabajar en su casa. Yo le dije que sí y cuando nos íbamos llegó la policía y nos llevó a la cárcel".

La mujer resultó ser una tratante de chicas, a las que recogía de la calle y vendía para la prostitución. Chappa se salvó de milagro y acabó en el refugio de la calle Khaza, donde aprendió un oficio que le ha permitido empezar una nueva vida.foto1

 

 

El refugio para niñas de la calle de la ONG Action Aid, en Dhaka, la capital de Bangladesh.

 

 

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Mukta, de 9 años, llora al recordar su vida antes de vivir en el refugio. La crió su abuela porque su madre se vio envuelta en un asesinato y fue encarcelada.

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Un niño duerme en uno de los andenes de la estación de trenes de Chittagong.

 

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Cientos de personas, la mayoría niños, duermen cada noche en la estación de tren.


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Rifat, de 9 años, viste solo unos pantalones y lleva la cabeza al cero. "Tenía piojos", explica. Se fue de casa hace tres años porque su madrastra no le quería ni a él ni a sus "cuatro hermanos mayores".

 

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En Bangladesh hay oficialmente 7,5 millones de niños de entre 5 y 15 años que trabajan.


 

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Un niño de la calle se disputa con un cuervo un trozo de comida en un vertedero de Chittagong.

 

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Cerca de 200.000 niños viven en las calles de Dhaka, la capital de Bangladesh.

 

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Tanznia, de 8 años y abandonada por sus padres, en el refugio de Unicef en Chittagong.

 

 


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Shahim no sabe su edad. Su madre le abandonó a él y a su hermano. "Cojo cosas del suelo y las cambio por otras, o pido dinero para comprar comida".

 


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En cuanto amanece, los niños abandonan la estación y se buscan la vida en la calle.


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Bangladesh es uno de los países más pobres del mundo. El 41% de sus 140 millones de habitantes viven con menos de un dólar diario.

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Sonia tiene 13 años. Su familia la abandonó con apenas 4. Fue adoptada por una mujer que la envió a una isla del sur para cuidar a la madre de esta. Como tenía que mendigar, se escapó.

 

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Los niños de Bangladesh aportan entre el 20% y el 30% de la renta de sus familias.

 

 

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A Rasel, de 12 años, se le pueden contar las costillas. Está mejor en la estación de trenes de Chittagong que en casa. "Aquí no me pegan", dice.

 

 

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Alauddim, 12 años, lleva tres meses durmiendo en el refugio. Recoge trozos de metal y los vende.

 

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Unicef prevé que en el año 2014 haya 1,2 millones de niños en las calles de la ciudades bangladesíes

 

La noticia en su origen:
Los agujeros negros del planeta en ELPAÍS.com