lunes, 5 de enero de 2009

Nunca se baila eternamente

LA NOCHEVIEJA MÁS LARGA

  • La cementera de Buñol acoge una fiesta ilegal que dura desde Nochevieja
  • Se realizan eventos similares en toda Europa y cerca de 5.000 personas han acudido
  • El cansancio comienza a pesar y muchos decidieron abandonar la 'rave' este sábado

El Mundo - domingo 04/01/2009 - DANIEL BORRÁS

VALENCIA.- 259.600 segundos después, ocho altavoces, apilados en dos filas, continúan en marcha. Cuando empezó la fiesta eran 176. También era menor el número de asistentes; de los casi 5.000 que (aseguran) participaron el primer día, sobreviven un centenar. Intentando cumplir lo prometido: que la Nochevieja se alargara hasta el 4 de enero.

Puede que no lleguen, que el sábado muchos pensaban ya en tirar la toalla y darse una tregua, porque tampoco conviene apelar a la heroica. La Guardia Civil se personó en la principal entrada de la cementera de Buñol, la antigua, e impidió cualquier nuevo acceso al recinto. Se podía salir pero no entrar; no había posibilidad de pedir refuerzos. Ni de jugársela.

No echaron a los pocos que quedaban —«vamos a esperar a que salgan, no tenemos pensado desalojar», comentaron los agentes— pero controlaron que la situación no se excediera más allá de los muros de la fábrica. Pidieron documentación a la salida, controlaron los vehículos e intentaron garantizar, sobre todo, que la fiesta no afectara a los vecinos.

El microclima estaba unos metros más arriba, bordeando una vía de servicio, saltando el quitamiedos, subiendo una cuesta llena de árboles y piedra, y rompiendo la rejilla de una verja de supuesta contención. Una entrada alternativa que se extendió gracias al boca a boca. Y dentro, más que una fiesta, esperaba un asentamiento; ni organización, ni servicios, ni falta que hacía nada de eso.

Uno de ellos lo explica: «es una fiesta de entrada libre y sin limitaciones, los organizadores invitan a distintos grupos de DJs a instalarse y el resto lo ponemos nosotros». Cada uno su caravana, su comida, sus pretensiones.

'Es una fiesta libre, no se paga y no hay ningún tipo de límite', explica uno de los asistentes a la fiesta en Buñol



La música es el hilo conductor pero también una excusa. «Es una forma de liberarte», buscando la trascendencia. Aunque los puristas dicen que estos encuentros están decayendo, que sólo son «una excusa para que cuatro pijos se droguen sin que nadie les vea o les moleste».

El ambiente no es el de una discoteca. Ni de lejos. No es inseguro, nadie amenaza, pero tampoco es sano. Hay muchos miembros que pertenecen a colectivos okupa, muchos que buscan la fórmula antisistema por sistema. Que acuden a la fiesta a demostrar(se) cosas. Pero también muchos chicos que quieren diversión. Tres amigos de Buñol, alertados por los medios de comunicación, se acercaron el sábado, «a ver qué tal». Y se lo estaban pasando bien, vaya.

Ellos hablaron de rave, «nuestra primera rave, estamos orgullosos», pero otra de las asistentes, enfundada en chándal con capucha y collares (imaginen a Madonna pero sin imagen medida), corrige: «si esto fuera una simple rave no merecería la pena venir, esto es una fiesta teknival, otro rollo».

Venía desde Barcelona, pero había también gente del norte, del sur, de Francia, Italia, Inglaterra... Bulgaria incluso. De la ciudad también, claro, del pueblo. «Yo soy psicóloga, tengo 31 años y mi familia no sabe que estoy aquí». No quiso decir nombre («por si acaso, esto no puede ser bueno») y recelaba de fotografías. Como la mayoría. El encuentro no es legal, al fin y al cabo.

Pero, sea como sea, este tipo de movimiento funciona en toda Europa; el año pasado la fiesta se celebró en Milán, este año ha tocado Valencia. Cuentan además que, de forma simultánea, en Granada se está celebrando otro teknival de Año Nuevo, «en un campamento militar abandonado». Es la primera vez que un país tiene el «privilegio» de acoger dos citas paralelas.

De la granadina no hay noticias, no se sabe cómo ha discurrido, pero la fiesta valenciana se ha distribuido en espacios casi estancos. Los asistentes utilizaron los caminos de acceso para instalar los vehículos y los tenderetes. Algunos aprovecharon para colocar puestos de comida y bebida, sacarse un dinero.

Los espacios cerrados, las antiguas salas de la cementera (un vecino se encargó de contar a los presentes que el recinto se conocía como «La Blanca»), acogían las improvisadas salas de baile y los equipos. En las zonas muertas, tiendas de campaña, fogatas y picaderos improvisados.

Todo lo que se tenía que hacer ya se había hecho, y muchos decidieron poner el punto final. «¿Me acercas hasta la estación de Valencia?, es que si no, no sé cómo voy a llegar hasta allí». La petición la hacía un chico catalán, de Granollers, muy lejos de la sobriedad. «No tengo dinero, a ver cómo me las arreglo para volver a casa». No sabía cómo, pero sí que tenía que volver. La fiesta terminó. Siempre ocurre.

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